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domingo 7 de febrero de 2010

Trolleys, crisis y otros cuentos

Se acerca mi sexto mes de "exilio", "búsqueda", "pausa", "prórroga", "aventurilla internacional" o como quieran llamarlo los que bien me conocen. Quizá ha llegado el momento de hacer un primer balance, que no definitivo, de mi "lo que sea", llamémoslo de aquí en adelante "estancia en Italia".

Me siento tentado a contar al detalle todas y cada una de las anécdotas, hazañas, paridas y cagadas que han llovido -o nevado- desde el mes de septiembre. Pero mejor será no aburrir a nadie e ir al grano. "Te cambia la vida", dicen los entusiastas; "Te abre la mente", dicen los progresistas; "Te cambia la visión del mundo", dicen los miopes; o "No veas las fiestas, qué 'pechá' de reir, de beber y de f...", que dice la gran masa ilustrada que campa por nuestras universidades. Y sí, dejando a un lado las circunstancias particulares de cada cual (que ya se sabe, no hay dos iguales, aunque muchos se parecen bastantillo), todos llevan razón. Sin embargo, como yo soy yo y mis circunstancias -y este es mi blog, faltaba más-, no me sale de los 'cachis' dejar aquí esta parrafada sin hacer una reflexión subjetiva (rara) y parcial (de mis partes) sobre lo que he aprendido/comprendido tras seis meses en la fría Turín. La buena noticia es que lo pienso hacer contando un solo momento de los vividos hasta la fecha, una pequeña conversación sobre trolleys, crisis y otros cuentos.

Cuatro europeos en un bar de Milán (y no es un chiste), cada uno de su padre y de su madre, con su profesión o sus estudios, dos que se van, uno que se queda -de momento- y otro que siempre ha estado aquí. "¿Cómo te mueves por tu ciudad?" preguntó el último. "En bus, en tranvía o en trolley", contestó uno de los que partía. "¿Qué leches es un trolley?" -esto lo pregunté yo, obviamente-. "Una maleta con ruedas", replicó la parte italiana del asunto. "No, no, no... es un medio de transporte", aseguró aquella chica con su acento marcadamente extranjero. "¿Y en qué consiste si no es mucho preguntar?", dije. Entre gestos explicativos poco clarificadores ella contestó: "Es una cosa que va...". Seguramente la muchacha tenía pensada una bonita continuación pero le falló el idioma, y cuando lo intentó con el inglés ya era tarde, el descojone estaba servido. "Camarera póngame un trolley, pero que venga solo", "yo también quiero ser un trolley", "no veas la hostia que me di el otro día con un trolley" y un largo etc. de cachondeos que acabó con los tres llorando de la risa mientras la cuarta parte, ajena a todo el asunto del trolley, hablaba por teléfono en su lengua materna.

No cabía otra que buscar en Wikipedia... Y ¡Zas! En toda la boca...
"A trolleybus (also known as trolley coach, trackless trolley, trackless tram or trolley) is an electric bus that draws its electricity from overhead wires (generally suspended from roadside posts) using spring-loaded trolley poles". Y con fotito y todo...

¿Y qué tiene que ver todo esto con el propósito de este artículo? Muy sencillo: para aprender, primero hay que reconocer la propia ignorancia. Cuando veo a las masas de españoles moviéndose en manada (ojo, sin ofender, lo digo por el número), hablando nuestro querido castellano por cada rincón de la ciudad y en cada ángulo de todas las facultades, felices en su círculo perfecto vallado con una barrera cultural e idiomática insalvable, me pregunto cuántos "trolleys" se habrán perdido desde que están aquí.

Se habla de crisis, en cada telediario y en cada periódico. También aquí, aunque nosotros -españoles- desacreditamos todas las informaciones, ya que nuestro sistema es, sin duda, mucho más plural y objetivo. Qué digo... ¿Cuántos tenemos siquiera la competencia lingüística para leer un titular de un diario? Crisis, crisis, crisis. Pero nada es culpa nuestra... ¿qué podemos hacer nosotros, 40 milloncillos de nada, frente a una crisis económica a escala mundial? Obviamente lo mejor (o lo más español) es seguir en nuestra infeliz ignorancia y, si alguno viene a tocarnos las naricillas con la globalización, o el G8, o la OTAN, o la ONU, o la Santa Iglesia de Roma, nos echamos a la calle. ¡Quememos contenedores! ¡Hagamos pancartas! ¡Votemos a ZP! (uy, esto se me escapó, omítanlo que no me funciona el 'Delete'). En fin, que nos dejen en paz, que bastante tenemos con la pesada carga de haber descubierto América... Error, craso error. En vez de mandar al listillo de Colón con su arrogancia genovesa teníamos que haber mandado a Chaves, que hubiese vuelto cargado de oro, con una flecha en el culo y gritando "¡Ná, allí no hay ná, el mundo acaba en 'Andasulía'!"

Hace unos días me dí el gustazo de ver en versión original una obra maestra de Tornatore, "La leggenda del pianista sull'oceano". Narra la historia de un pianista portentoso que nació en un barco del que nunca descendió para pisar tierra firme. "Un piano tiene 88 teclas, conozco todas y cada una de ellas, y con ellas puedo tocar toda la música que quiero. Ahí fuera las teclas son infinitas, cómo elegir un camino, una mujer, una casa donde vivir... el mundo es un piano que yo no sé tocar". Y tal vez tenga razón. Tal vez sea un objetivo demasiado ambicioso tocar una sola melodía que suene medianamente acompasada en un teclado tan inmenso como el mundo. Tal vez sea mejor quedarse en casa, con los que hablan nuestra lengua, leen nuestros periódicos y comen cocido con pringá los domingos. El resto del mundo siempre estará ahí, para culparlo de todas las crisis pasadas y de las que vendrán. Más cómodo... y más español. Y que conste que esto lo digo desde el más profundo orgullo patrio y amor a mis raíces, a mi idioma y a mi gente.

A mi regreso alguno me preguntará si cumplí mis objetivos, si respondió a mis expectativas, si encontré lo que buscaba... Probablemente no. Pero ahora sé lo que es un trolley, y sólo por eso, ya mereció la pena.

sábado 30 de enero de 2010

Nada aporta tu presencia

Nada aporta tu presencia
a esta ciudad inerte y anodina.
No eres la luz que le falta,
no rompes su estridente silencio
con tu andar pesado,
ni calmas el agitado viento
pese al vuelo de tu falda.
No son más grandes las plazas
porque tú las pisas,
tampoco te nota el alboroto
del mercado
si te mezclas en su encanto
de tumulto mudo.
No acristalas las ventanas
de la vieja fábrica
cuando posas la retina
sobre las ajadas vigas,
ni destruyes su sombra
de fantasma industrial
en las aceras.
No es tu abrigo azul
que colorea los autobuses,
ni tus manos que moldean
las estatuas que coronan
todas las glorietas.
No eres tú el horizonte
de las avenidas,
ni el raíl de todos los tranvías
rotos, perdidos.
Nada aporta tu presencia
a esta ciudad que se marchita,
y sin embargo,
cuánto pesa en sus calles
el vacío que has dejado.

lunes 25 de enero de 2010

Nieva

Nieva, y desde el balcón los copos
son un lejano escuadrón de paracaidistas,
una blanca invasión aérea que se mece
portando consigo un aluvión de miedos
y una pregunta que encontrará respuesta
en las escarchadas copas de los pinos
o en el cálido suelo que, hostil,
espera su momento.

Nieva, y desde el balcón los copos
son los restos de un ángel roto por dentro,
cenizas fractales de un desliz de humanidad,
de grávidas pasiones sin un lugar en el éter
que se desgarran del alma y vienen a morir
en un mágico funeral de hielo al mundo.
Algunos lo contemplan, desde el balcón,
buscando una respuesta.

viernes 22 de enero de 2010

Vista invernal

Retales de una ciudad bajo cero

Fantasmas en el tranvía

martes 19 de enero de 2010

Sueño de vida

Merodea discretamente el amanecer por la ventana,
deja caer su luz infantil y la desliza travieso
a lo largo de la almohada hasta alcanzar el rostro.
Aún adormentado lo sospecho, lo espero
como cada día quince minutos antes que el despertador
anuncie una fecha y narre el titular de la mañana.

El olor a café expreso es casi visible, seguro palpable
-lo atraigo con las manos hacia la nariz y lo retengo
en una profunda bocanada de aire que me llena el pecho-.
Frotándome los ojos alcanzo la cocina, ignoro aquella nota
que yace junto a un bolígrafo azul mordisqueado.
Reacciona el inconsciente con un amago de sonrisa;
sutil e imperceptible se viene una cosquilla
a la comisura izquierda de los labios.

Remuevo el azúcar del café lenta e incesantemente,
en sentido contrario a las agujas del reloj,
como hago siempre, y me pierdo en la vista marítima
que se contempla tras los cristales, en el azul intenso
del agua, en la perfecta cadencia de sus ondas...

Escribo el último verso de un poema inacabado.
Cierro los ojos un segundo. Saltó el despertador:
"Buenos días Turín, veinte de enero de dos mil diez,
las ocho en punto en esta nublada mañana de invierno..."