viernes, 11 de febrero de 2011

La paradoja de que existas

Maraña de luces nocturnas
que acaudillan estrellas;
viento cálido y lejano
resbalando entre los dedos,
como arena concienzudamente tamizada;
azules y grises rotos
por un capricho claro, inmenso.

Nudillos agrietados, fotografías
de caricias ausentes;
un camino que se adentra
en la negrura oceánica
con la quietud de una canción
susurrada al vacío,
con la paciencia de un amante
que espera bajo la tormenta;
constante,
como un ocaso ártico.

Rodillas que ceden
en su liviana firmeza.
Su belleza
adormecida que amparan las espumas
antes que las olas abracen
lo que el mar fervientemente anhela.

Olvido

Habitaciones frías y desnudas,
eco de silencios gritados a los cuatro vientos;
la implacable violencia de un segundero huérfano de hora
que gobierna una pared cansada de sí misma.

Una ventana que da a todas las calles,
y a ninguna parte;
una puerta sin pomo ni llaves,
lápida gris con un número por epitafio.

Una sinfonía de lluvia vespertina
asesinando la memoria.

jueves, 11 de noviembre de 2010

La noche sobre los castillos de arena

Qué rápido cae la noche sobre los castillos de arena.
Con qué ferocidad nos detonamos desde dentro
y nos desmoronamos grano a grano, pieza a pieza,
saltando por los aires y diseminándonos por la tierra.
Sobre nuestros despojos, en la negra ausencia,
oscilan inmóviles las estrellas titilando,
ciegas vigías de este pobre espectáculo
de arena, y agua, y vísceras, y sombras.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Reencuentro

Han pasado ya casi dos meses. Abro un cuaderno aparentemente en blanco confiando en encontrar alguna anotación que me reenganche al tiempo que se fue y que inexplicablemente ha vuelto disfrazado de trenes, autopistas y rostros conocidos.

Al fin la encuentro. Sabía que aquel yo nunca hubiese dejado un cuaderno vacío; sería faltar a una promesa que se hizo a sí mismo y que lo mantenía en pie aunque su pequeño mundo se viniera abajo cada vez que la realidad le atizaba en la cara.

"Olas que rompen contra sí mismas, como una inmensa duda de agua y viento". No recuerdo el cuándo ni el dónde de aquella nota, ni siquiera la reconozco como mía, o suya, o de ese yo anterior a que el huevo se resquebrajara y lo que soy ahora asomara la cabeza. Quizás entonces ya sabía del cataclismo por venir, ya intuía la caída, la vuelta de tuerca; quizás era más sabio de lo que creía. Quizás en el fondo conocía el resultado de mi búsqueda futura y temía que llegara este momento: el retorno de un ulises destronado y condenado al exilio que entre sus manos sólo trae recuerdos de un viaje, y entre sus labios el vacío que queda después de haber saboreado una gloria tan efímera como el tacto de una prostituta.

Parece que aquel yo hubiese escrito ese verso para que este lo encontrara hoy, en un tren con destino incierto, en el inicio de otro viaje inevitable. Parece que ya hubiera previsto este brusco reencuentro donde pasado y presente son olas que rompen contra sí mismas, como una inmensa duda de agua y viento.